Bondi ante el derecho internacional y la obligación de condenar el terrorismo islámico

18/Dic/2025

Enfoque Judío (España)- por Elías Cohen

El antisemitismo ya no se expresa únicamente desde los márgenes extremistas, donde siempre ha encontrado refugio. Hoy aparece, cada vez con más frecuencia, en espacios que se autoproclaman progresistas, ilustrados, “defensores de derechos humanos”. Se disfraza de crítica política, de análisis geopolítico, de activismo radical.

Imaginemos por un momento una escena que, en cualquier parte del mundo, debería transmitir calma. Una playa abierta, el sol cayendo lentamente, familias reunidas, niños corriendo entre risas. En Bondi Beach, uno de los lugares más emblemáticos de Sídney, esa escena estaba atravesada, además, por luces de Jánuca, por cantos suaves y por el gesto ancestral de celebrar la vida y la fe en comunidad. Nada más. Nada menos.

Y, no obstante, en cuestión de segundos, todo eso se quebró.

El sonido del mar fue reemplazado por disparos. Las risas, por gritos desesperados. La celebración, por el terror. El domingo 14 de diciembre de 2025, Bondi Beach se convirtió en un escenario de horror cuando un hombre y su hijo -identificados preliminarmente como Naveed Akram y Sajid, ambos de la secta musulmana de origen paquistaní- abrieron fuego contra una actividad judía. En la escena se hallaron banderas del ISIS. El saldo es devastador. Al menos dieciséis personas asesinadas sin piedad. Entre ellas, un rabino, un sobreviviente del Holocausto y una niña de apenas diez años.

Cuesta escribirlo. Cuesta leerlo. Cuesta, sobre todo, entenderlo.

Este ataque no es solo una tragedia local ni un episodio más de violencia indiscriminada. Es, según todas las evidencias disponibles, el atentado terrorista más grave en Australia desde la masacre de Port Arthur. Y como ocurre siempre en estos casos, deja una estela de preguntas incómodas, de silencios que pesan, de miradas esquivas. ¿Cómo llegamos hasta aquí? ¿Cómo es posible que, en pleno 2025, sigamos asistiendo a la repetición de un odio que creíamos -o queríamos creer- superado?

No lo oculto. Sentí rabia al conocer la noticia. Una rabia profunda, difícil de digerir. Tal vez porque no es un hecho aislado. Tal vez porque llevo tiempo observando, con creciente preocupación, cómo el antisemitismo ha vuelto a circular con una naturalidad inquietante en el discurso público global. Y tal vez, también, porque desde el 7 de octubre de 2023 -cuando los terroristas de Hamás, perpetraron la masacre más brutal contra judíos desde la Shoá (Holocausto), asesinando a más de 1.200 personas en Israel- algo se rompió definitivamente.

Desde entonces, el mundo no solo ha fallado en proteger a las víctimas. Ha fallado, además, en llamar a las cosas por su nombre.

Lo digo con pesar. El antisemitismo ya no se expresa únicamente desde los márgenes extremistas, donde siempre ha encontrado refugio. Hoy aparece, cada vez con más frecuencia, en espacios que se autoproclaman progresistas, ilustrados, “defensores de derechos humanos”. Se disfraza de crítica política, de análisis geopolítico, de activismo radical. Cambia el vocabulario, pero no el fondo. Señala, estigmatiza, deshumaniza. Y eso, la historia nos lo ha enseñado una y otra vez, nunca termina bien.

He visto -y escuchado- a líderes políticos, académicos y referentes sociales justificar la violencia contra judíos con una liviandad escalofriante. He leído comunicados que relativizan asesinatos, que explican lo inexplicable, que convierten a las víctimas en sospechosas. He observado cómo consignas como “del río hasta el mar” se corean en universidades y parlamentos sin el menor pudor, como si no implicaran la negación del derecho a existir de todo un pueblo. Y me pregunto, honestamente ¿En qué momento decidimos que el antisemitismo era aceptable si venía envuelto en determinadas banderas ideológicas?

No nos engañemos. Las palabras importan. El lenguaje construye realidades. El discurso de odio no es un ejercicio retórico inofensivo; es un combustible. Se acumula lentamente, como gas en una habitación cerrada, hasta que una chispa -un fanático, un arma, una consigna- provoca la explosión. En Bondi, esa explosión tuvo nombres, edades, historias truncadas. Tuvo una niña que no volverá a casa ni a la escuela. Tuvo un sobreviviente del Holocausto asesinado por el mismo odio que había logrado esquivar décadas atrás. ¿Puede haber una ironía más cruel?

Desde el punto de vista del derecho internacional, el caso es claro. El terrorismo antisemita constituye una violación grave y múltiple de los derechos humanos. Del derecho a la vida, a la libertad religiosa, a la seguridad personal, a la dignidad humana. No admite relativizaciones ni excusas culturales y políticas. No hay contexto que justifique el asesinato deliberado de civiles por razón de su identidad. Ninguno.

Y, sin embargo, seguimos viendo cómo algunos intentan hacerlo.

Cuando se presenta este tipo de ataques como “resistencia”, cuando se los contextualiza hasta vaciarlos de responsabilidad moral, se está cruzando una línea peligrosa. No es neutralidad. No es análisis crítico. Es complicidad discursiva. Y la complicidad, aunque se vista de sofisticación intelectual, sigue siendo complicidad.

Permítanme aquí una breve digresión personal. Crecí escuchando las historias sobre la guerra, sobre la persecución, sobre el miedo cotidiano de ser señalado por existir. Siempre repetía una frase que se me quedó grabada: “Lo peor no fueron solo los fanáticos, sino los que sabían y callaron”. Con los años entendí el peso de esas palabras. El silencio, la ambigüedad, la tibieza frente al odio no son posiciones neutrales; son decisiones. Y casi siempre juegan a favor del agresor.

Hoy, al ver las imágenes de Bondi, al leer los nombres de las víctimas, siento ese mismo escalofrío. La historia no se repite de forma idéntica, pero rima. Cambian los escenarios, cambian los actores, pero el mecanismo es inquietantemente similar. Deshumanización, señalamiento, violencia. Y luego, la sorpresa fingida.

La comunidad internacional no puede permitirse ese lujo. Existe una obligación clara -jurídica, ética y política- de condenar estos hechos sin ambigüedades. De investigarlos con seriedad. De perseguir penalmente a quienes los ejecutan, los financian y los incitan. Y también, hay que decirlo, de señalar a quienes desde posiciones de poder legitiman el odio con discursos irresponsables.

Los derechos humanos no son un menú ideológico del que se elige según conveniencia. No se suspenden cuando la víctima pertenece a un grupo incómodo. No se relativizan cuando el agresor invoca una causa supuestamente justa. O se defienden siempre, o se traicionan.

El ataque en Bondi no es un episodio aislado ni un acto irracional surgido de la nada. Es el fruto amargo de un clima que se ha venido enrareciendo desde octubre de 2023, alimentado por discursos que normalizan el antisemitismo y lo presentan como una opinión más dentro del debate público. Es el resultado de años de tolerancia mal entendida, de silencios estratégicos, de cobardías morales.

Por eso, mi condena es absoluta. Condeno este acto terrorista. Condeno el antisemitismo que lo inspira. Condeno la violencia ejercida contra personas que solo querían celebrar su fe, su identidad y su vida en paz. Y condeno, también, a quienes miran hacia otro lado y buscan justificaciones cómodas para no incomodarse.

¡Basta! ¡De verdad, basta!

Si no frenamos este proceso ahora, si no trazamos una línea clara e infranqueable frente al odio, lo que nos espera no es un futuro más justo, sino un pasado que regresa con nuevos disfraces. Y la historia, cuando se repite, rara vez es indulgente con quienes eligieron callar ▪

Elías David Cohen Cohen es activista y defensor de Derechos Humanos.